Salí a dar un paseo, no habían niños, no había gente, no habían animales, ningún tipo de ser vivo en toda la ciudad. El silencio mantenía cierta perspectiva sobre el sonido, ciertos ruidos que se hacían molestos. Podía escuchar mis pasos, podía escuchar como cada zapato se levantaba a medida que mis pies avanzaban. Observaba el cielo, el mundo gris, las nubes oscuras, el negro que abundaba en aquellos miles de algodones que flotaban en nuestra atmósfera.
Salí a dar un paseo, podía ver como caían las plumas del cielo, aquel cielo oscuro que tornó a rojo y sentí la furia de Dios. Conocí al que me mira todos los días, conocí al que me detalla cada hora, conocí al que conoce mis acciones minuto por minuto, conocí aquel que fija su mirada en mi persona cada segundo. El piso era barro, sentía como la tierra mojada penetraba la suela de mis zapatos. Dejó de ser barro, se convirtió en sangre.
Salí a dar un paseo, un paseo por el camino que recorría día a día, hora tras hora, minuto tras minuto, segundo tras segundo, donde había cemento que fue convertido en barro, barro que suspendía la sangre que caía del cielo, plumas de ángeles, alas caídas, caminé y pude ver claramente a lo largo del camino como dos ángeles bailaban bajo la pesada rítmica de una iglesia iluminada por un cielo negro y rojo que pertenecía a la oscuridad, aquella que se suspendió en los cielos del mundo. Dos ángeles me miraban, dos ángeles bailaban en un río de sangre y no me di cuenta que pisaba cadáveres de aquellos que caían, cadáveres de niños descuartizados, cadáveres de cráneos de ancianos. No podía hablar, forzaba los labios al movimiento pero estaban cosidos por hilos de metal. Mis labios estaban sellados, chorreaba sangre de mi boca y tan sólo me suspendí en un colapso nervioso. Los ángeles reían, parpadeé y la ciudad que conocía era un cementerio de cadáveres frescos, hogares con puertas selladas por trozos de madera, una tétrica música que provenía del piano de una iglesia desolada, sus vitrales estaban rotos, su aspecto era distinto.
Un ángel dejó de bailar, me observó con una sonrisa en el rostro y una mirada negra, me dijo:
-Caen ángeles del cielo rojo, aquel que miraste y odiaste porque no era para ti, aquel que miraste y aborreciste porque brindaba mucha claridad. ¿Entiendes el dilema del hombre?, ¿entiendes lo que Dios quiso hacer?, ¿entiendes por qué sólo logras ver oscuridad?, te lo has ganado humano, finalmente vives en el mundo que tanto deseaste, el mundo que ansiabas con tantas aspiraciones, ríos de sangre de seres que odiabas, oscuridad profunda de cielos que intentaban darte esperanzas, músicas muertas de aquellas que no escuchabas por repulsión a las melodías. Eres el preferido, eres aquel que tanto pidió y obtuvo lo que quiso, aquel que pudo tener algo mejor pero prefirió ver lo peor. Eres el preferido de aquel que no es tu Dios. Creaste el Apocalipsis. ¿Querías silencio?, pues ahí lo tienes. ¿Qué mas puedes pedir?.
Ardía por dentro, quería hablar, quería arrepentirme...quería pedir perdón.
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