domingo, 7 de febrero de 2010

Un juego de niños.


Allí donde está la oscuridad, allí es donde me encuentro. Camino y no observo a ningún lado, tan solo veo vagas imágenes de luces incandescentes que se pierden en el fondo negro que rodea la habitación.
Empiezo a ver todo de una forma lenta y depresiva, en la oscuridad no pensamos mucho por el miedo a ser atrapados por algo, tan sólo me siento en un rincón, puedo ver mis zapatos, sucios, desteñidos, rotos, desde mi habitación a la que sigue por medio de un pasillo, hay una ventana que permite la entrada a la claridad de la luna.
Me da miedo avanzar, el terror se personifica en todo lo que no es visible para mi persona, el silencio se convierte en el ruido más agudo y yo sólo continúo sentado. Podría arrastrarme con los ojos cerrados hasta esa luz tan provocativa, me arriesgaría demasiado.
Al pasar hacia el otro cuarto pueden agarrarme, aquellas sombras, aquellos seres que no reconozco, todos aquellos que se ocultan en los espacios más simples de ambas habitaciones. No hay puertas, no puedo salir, sólo son 2 cuartos sin salida con una constante oscuridad.

Desde la pared donde estaba recostado, salió una malformación negra que se parecía a un ser humano, tenía el rostro volteado completamente, los ojos más abajo de la nariz, los dientes deformados:

-Tienes que ir hacia la ventana...es la única salida.- Me dijo.

No lo pensé 2 veces, me levanté con algo de miedo y cerrando los ojos decidí caminar hasta la ventana.
Intentaba agarrarme de las paredes para saber hacia donde me dirigía pero habían sombras que me rasguñaban y se reían de mi, por un momento el silencio que era tan incómodo desapareció y se convirtió en risas de voces no humanas. El miedo me consumía pero debía correr, eso hice.
Cuando llegué a la ventana, me asomé y lo único que pude ver más oscuridad, no tenía ningún sentido, ¿dónde estaba la luz tan placentera que iluminaba la habitación?, subí la mirada y parecía un bombillo en el medio del fondo del océano en plena noche. No me atreví a pasar hacia el otro lado de la ventana.
Salió nuevamente de la pared esa extraña cosa que me encontré al otro extremo del cuarto y me dijo:

-Rápido, tienes que ir hacia el otro extremo del cuarto.- Me miró y sonrió.
-Vengo de allá, ¿para qué quiero ir de nuevo hacia el otro extremo?.
-Porque no tienes ningún otro remedio.-Contestó.

El bombillo se apagó, sólo cerré los ojos.

sábado, 6 de febrero de 2010

El Preferido.

Salí a dar un paseo, no habían niños, no había gente, no habían animales, ningún tipo de ser vivo en toda la ciudad. El silencio mantenía cierta perspectiva sobre el sonido, ciertos ruidos que se hacían molestos. Podía escuchar mis pasos, podía escuchar como cada zapato se levantaba a medida que mis pies avanzaban. Observaba el cielo, el mundo gris, las nubes oscuras, el negro que abundaba en aquellos miles de algodones que flotaban en nuestra atmósfera.
Salí a dar un paseo, podía ver como caían las plumas del cielo, aquel cielo oscuro que tornó a rojo y sentí la furia de Dios. Conocí al que me mira todos los días, conocí al que me detalla cada hora, conocí al que conoce mis acciones minuto por minuto, conocí aquel que fija su mirada en mi persona cada segundo. El piso era barro, sentía como la tierra mojada penetraba la suela de mis zapatos. Dejó de ser barro, se convirtió en sangre.
Salí a dar un paseo, un paseo por el camino que recorría día a día, hora tras hora, minuto tras minuto, segundo tras segundo, donde había cemento que fue convertido en barro, barro que suspendía la sangre que caía del cielo, plumas de ángeles, alas caídas, caminé y pude ver claramente a lo largo del camino como dos ángeles bailaban bajo la pesada rítmica de una iglesia iluminada por un cielo negro y rojo que pertenecía a la oscuridad, aquella que se suspendió en los cielos del mundo. Dos ángeles me miraban, dos ángeles bailaban en un río de sangre y no me di cuenta que pisaba cadáveres de aquellos que caían, cadáveres de niños descuartizados, cadáveres de cráneos de ancianos. No podía hablar, forzaba los labios al movimiento pero estaban cosidos por hilos de metal. Mis labios estaban sellados, chorreaba sangre de mi boca y tan sólo me suspendí en un colapso nervioso. Los ángeles reían, parpadeé y la ciudad que conocía era un cementerio de cadáveres frescos, hogares con puertas selladas por trozos de madera, una tétrica música que provenía del piano de una iglesia desolada, sus vitrales estaban rotos, su aspecto era distinto.

Un ángel dejó de bailar, me observó con una sonrisa en el rostro y una mirada negra, me dijo:
-Caen ángeles del cielo rojo, aquel que miraste y odiaste porque no era para ti, aquel que miraste y aborreciste porque brindaba mucha claridad. ¿Entiendes el dilema del hombre?, ¿entiendes lo que Dios quiso hacer?, ¿entiendes por qué sólo logras ver oscuridad?, te lo has ganado humano, finalmente vives en el mundo que tanto deseaste, el mundo que ansiabas con tantas aspiraciones, ríos de sangre de seres que odiabas, oscuridad profunda de cielos que intentaban darte esperanzas, músicas muertas de aquellas que no escuchabas por repulsión a las melodías. Eres el preferido, eres aquel que tanto pidió y obtuvo lo que quiso, aquel que pudo tener algo mejor pero prefirió ver lo peor. Eres el preferido de aquel que no es tu Dios. Creaste el Apocalipsis. ¿Querías silencio?, pues ahí lo tienes. ¿Qué mas puedes pedir?.

Ardía por dentro, quería hablar, quería arrepentirme...quería pedir perdón.

martes, 2 de febrero de 2010

La Cura de la Medicina.

-Caminé, sonreí. Me hice grande a medida que las cosas iban cambiando, me repuse después de un accidente donde la muerte era más que segura, reconocí mis errores, reconocí la vida que Dios me había brindado, reconocí mis pecados y así obtuve energía.
Cuando el poder incrementa desde lo más profundo de tu alma, es cuando menos lo puedes contener. Bastaba con una molestia, una mala respuesta de alguna persona, era un sentimiento que jamás se había presentado hasta el momento en que me usaron, salí de la habitación lentamente, cada uno de los pacientes y médicos de la clínica me observaron. Pudieron ver mis cicatrices, todo lo que cada uno de ustedes me había hecho, cada una de las cosas que crearon el descontrol que tengo en mi interior.
¿Sabe qué es lo que da más miedo del ser humano Dr. Brick?, una vez que logra abrir cada una de las puertas que encierran tanto odio y sentimientos e instintos que nadie nunca verá, es allí cuando dejamos de ser humanos, morimos por dentro, nos convertimos en algo totalmente distinto a lo que pudimos ser en el pasado de nuestras vidas. Usted abrió mis puertas Dr. Brick, usted mostró la luz más oscura de mi interior y míreme...ya no soy humano.-. Dijo Carl.

El Dr. Brick, se encontraba levitando en una habitación oscura junto a Carl, los ojos de la bestia era negros, su odio había tomado por completo su mente, tenía poder mental pero ya simplemente no era aquella amable persona que alguna vez fue, no era aquel hombre tímido que alguna vez fue.

-Aún puedo ayudarte Carl, tan sólo bájame de aquí y te ayudaré, lo juro-. Dijo Brick con algo de desesperación en sus palabras. Transpiraba muchísimo, temblaba del pánico al ver el monstruo que había creado junto a sus socios.

Carl lo miró fijamente con la oscuridad que brindaba en su vista, sonrió muy cínicamente y comenzó a reír.

-¡Maldita sea!, ¡bájame de aquí por favor, tengo dos hijas y una esposa!. ¡Seguridad!.-. Gritó trágicamente al escuchar aquella felicidad por parte de Carl.

-No necesito que me ayude Dr., de verdad que estoy mejor que nunca, tampoco se moleste en gritar, ya me encargué de los guardias y el resto del personal de la clínica.

-Por favor...no me haga daño, tengo una familia Carl, te lo ruego-. Dijo Brick mientras sus lágrimas caían.

-¿Se despidió de sus hijas cuando salió de su casa Dr. Brick?-. Preguntó Carl.

La mirada de Brick pasó de la desesperación a la tristeza y depresión pura, un estado mental donde los únicos recuerdos que pasan por tu cabeza son aquellos que no quisieras recordar, aquellos por los que te decepcionas a ti mismo, aquellos recuerdos en que defraudaste a cada uno de tus seres queridos.

-Me lo supuse-. Contestó al silencio del científico.

El asesino, bajó lentamente al Dr., se volteó y antes de marcharse le dijo:

-La vida a veces nos juega muy sucio, nos pone pruebas que ella misma sabe que jamás superaremos y se ríe de nosotros, haga algo por cambiar eso Dr., atienda a su esposa, juegue con sus hijas, sonría. Sé lo doloroso que es perder a un hijo tal como usted lo hizo, eso no quiere decir que no hay alguien allí arriba viendo las morbosidades que hace día a día con los seres humanos, nunca juegue a ser Dios.

(Se cierra la puerta).

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